Aquél verano de mi hermana #relatosdeverano

 

Yo tenía 7 años y por entonces idolatraba y odiaba a la vez a mi hermana dos años mayor, un doble sentimiento que me provocaban su personalidad incontestable y su actitud distante ante los demás.

Muchas veces en aquellos años me enfrenté a mis compañeros del colegio que la tildaban a sus espaldas de estirada y presumida

Poseía a sus 9 años una belleza inocente que escondía tras una timidez natural que la hacía parecer engolada y suficiente. A ello añadía una lucidez totalmente inusual para su corta edad y sobre todo una autodisciplina que, solo años más tarde comprendí, era su principal virtud que controlaba a todas las demás.

En esos días de finales de curso el colegio celebraba sus fiestas y a la efervescencia del verano se unía la actividad febril de los colegiales preparando múltiples actividades recreativas y deportivas. La más popular era sin duda la carrera de natación que constituía el aldabonazo de la semana de fiestas. Se celebraba en la explanada del colegio, que albergaba múltiples pistas deportivas y una piscina que permanecía abierta todo el año. Colegiales de todas las edades participaban en la gran carrera cuyo objetivo era llegar a la meta después de recorrer nadando cinco largos de 20 metros que tenía la piscina.

Incomprensiblemente, mi hermana se había apuntado para participar y era motivo de las chanzas de mis compañeros: ¿sabe nadar?, solo participan los mayores, ganas de llamar la atención, decían.

-Tienen razón – la decía yo -, eres aún pequeña para participar, son 100 metros, harás el ridículo.

– No soy tan pequeña y participa también mi amiga Laura, he nadado con ella durante el curso y me ha dicho que nado muy bien, y el profe también lo dice, – contestaba ella.

– Pero Laura es dos años mayor que tú – le respondía yo- y participa con amigas de su clase, serás la más pequeña, se reirán de ti y luego tendré que defenderte.

–  Mira déjame en paz, no te metas en mis decisiones, y además sé defenderme yo sola.

Era inútil insistir, mi hermana era ya entonces muy terca y ni siquiera mi madre, que amenazó con negarla el permiso, logró hacerla desistir.

–      Déjala – dijo mi padre-, no es malo participar y ella misma verá de lo que es capaz.

Y comenzaron las fiestas de aquél curso un 28 de junio fresco y ventoso. Decenas de alumnos se reunieron en la explanada del colegio para asistir a la suelta de cohetes que anunciaban el inicio de las actividades. En la piscina,  chicos y chicas en traje de baño se empujaban colocándose dentro de los grupos que de mayor a menor edad se constituían de forma improvisada. Vi a mi hermana, endosada en su apretado traje de baño, arrimándose a las niñas del último grupo. Hace falta ser tonta pensé, decidí pasar de ella y me dirigí hacia la cancha de futbol donde me esperaban para jugar. Mientras me alejaba oía la algarabía de los bañistas que saltaban al agua con gran alborozo.

Me había olvidado de mi hermana jugando al futbol y entonces sentí una sensación de vacío, una premonición de que algo pasaba. Casi todos los alumnos habían cesado sus actividades y dirigían sus miradas hacia la piscina. Un expresivo silencio se había extendido por la explanada. Decenas de colegiales se agolpaban en los bordes mirando hacia el agua y otros tantos corrían hacia allí para saber que ocurría. No sé si fue un balonazo o un presentimiento lo que me golpeó en el estómago, pero corrí yo también hacia la piscina. Llegué hasta el borde abriéndome paso a codazos entre la muchachada.

Contemplé estupefacto el espectáculo: mi hermanita ocupaba la piscina en solitario, todos los demás concursantes habían ya finalizado, y daba en ese momento la voltereta para afrontar los últimos 20 metros. Era una criatura pequeña y frágil nadando entre tanta agua, un mar para ella. Conteníamos la respiración esperando que levantara la mano solicitando socorro. Sus brazadas apenas la hacían avanzar pero ella seguía y seguía balanceando su cuerpo y sacando la cabeza para coger aire. En ocasiones desaparecía debajo del agua y entonces se oía un suspiro de inquietud entre la muchedumbre y los monitores parecían dispuestos a lanzarse, pero enseguida mi hermana reaparecía en la superficie. Yo sabía que buceaba para avanzar más, era algo que hacíamos los dos cuando echábamos carreras. En una ocasión se puso de espaldas unos segundos y se impulsó con ambos brazos y pies para volver nuevamente a nadar de frente manteniendo la cabeza fuera del agua con el cuerpo hundido casi vertical por el cansancio. Pero ya quedaban pocos metros y casi todo el colegio allí congregado adquirió entonces el convencimiento de que aquella pequeña y osada niña iba a culminar su desafío. “Vamos, vamos campeona, vamos ya es tuyo”, era un grito que rompía el angustioso silencio, coreado por chicos y chicas animando a aquella pequeña niña que la mayoría no conocían.

Y mi hermana agotada llegó y tocó la pared. Se mantuvo sujetándose en el borde rechazando las manos que querían ayudarla a subir. Tras unos segundos, en un esfuerzo final, se impulsó y se puso de rodillas en el borde. Solo entonces aceptó la mano de su amiga Laura que la esperaba en primera fila y la ayudó a ponerse de pie. “Eres un crack niña” – le dijo -. La cara de mi hermana se iluminó y sus profundos ojos grises brillaron de satisfacción.

– “he tardado más porque me he tirado tarde” – exclamó. El colegio rompió en risas seguidas de aplausos de admiración.

Yo estaba al lado de Laura mirando extasiado a mi hermana y no necesité decir nada. Ella me miró y comprendió que yo veía en el fondo de sus ojos la fuerte voluntad y dignidad que la hacían un ser tan distinto y hermoso. Algo que marcaría su forma de ser y hacer el resto de su vida.

#relatos de verano

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