Cataluña, mon amour

1-20141206_140219Una gran parte de españoles, incluido los catalanes, asistimos estupefactos e incrédulos al debate público sobre la independencia de Cataluña. Que Cataluña se separe de España nos parece a muchos, a la mayoría creo yo, algo impensable e imposible. En muchos países y medios culturales y científicos, Barcelona es y ha sido en múltiples ocasiones la marca de España, tanto o más que lo pueda ser o haber sido Madrid, Andalucía o cualquier otra institución o personaje de España. A lo largo de nuestra historia Cataluña, y sobre todo Barcelona ha representado casi siempre lo más culto y desarrollado de la sociedad española. ¿Qué ha pasado entonces para que se haya llegado a esta situación de crispación y divorcio político? Es sabido el poder cautivador y pervertidor de masas de los nacionalismos cuya bandera han izado de manera irresponsable políticos oportunistas de Convergencia y Esquerra (¿cómo puede un partido de izquierdas ser nacionalista?) manipulando datos y agitando sentimientos irracionales para justificar la crisis económica y el decaimiento sufrido por Cataluña en los últimos años. Pero es sorprendente que  las élites políticas y medios de opinión y comunicación de la España no catalanista no hayan aportado mucha más racionalidad al debate y, salvo excepciones, se hayan limitado a descalificar globalmente la actitud victimista de los separatistas catalanes, porque más allá de la irracionalidad del planteamiento secesionista es preciso reconocer que la sociedad catalana puede tener sobrados motivos para reclamar un estatus y un protagonismo distinto no solo en Cataluña sino también y sobre todo en la política y sociedad españolas en su conjunto. Si Cataluña supone un 16% de la población española y aporta un quinto de su riqueza material, y posiblemente más de su riqueza cultural y científica, parecería necesario y justo reconocerlo y valorarlo de forma real. Y más que descalificaciones, amenazas y manifestaciones de prepotencia, se hace necesario renegociar acuerdos que den a Cataluña el peso institucional que le corresponde en España. Quizás es el momento y la oportunidad de intentar superar nuestra mediocridad cultural  y científica condicionada por el tradicional capitalismo financiero madrileño que el actual esquema radial de desarrollo  no hace más que perpetuar, potenciando de una vez por todas la periferia y el corredor mediterráneo. Ello repercutiría en el enriquecimiento global, económico y cultural de todos los españoles.

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